19 abril, 2024
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El cerebro es cada vez más grande, ¿cómo afecta al riesgo de Alzheimer?


¿El tamaño importa? En el caso del cerebro está claro que sí, pero de una manera más sutil de la que se suele concebir. Las personas que lo tienen más grande no son necesariamente las más inteligentes, ya que hay otros elementos que juegan un papel crucial, como las conexiones neuronales. Además de en el intelecto, el volumen cerebral podría influir en el riesgo de Alzheimer, tal y como se ha constatado en diversos estudios, aunque también hay matices. Lo que parece confirmado es que el cerebro humano está aumentando de tamaño en cada generación. Así lo confirma un estudio publicado en JAMA Neurology que ha llevado a cabo por un equipo de investigadores de la Universidad de California. 
Este análisis, realizado mediante pruebas de imagen, desvela que los nacidos en torno a 1970 tienen un volumen cerebral un 6,6% mayor y casi un 15% más de superficie cerebral que quienes llegaron al mundo en la década de 1930. Con estos datos en la mano, los científicos plantean la hipótesis de que este aumento propiciaría una mayor reserva cerebral que podría reducir el riesgo de enfermedad de Alzheimer y otras demencias asociadas al envejecimiento.

Reserva cerebral y riesgo de Alzheimer

¿Por qué unas personas muestran síntomas más graves que otras con el mismo grado de patología cerebral? La respuesta está, probablemente, en lo que se conoce como reserva cerebral o cognitiva. Según informan desde la Fundación Pasqual Maragall, se genera a partir de “la acumulación de la experiencia educativa o académica y la estimulación de las capacidades mentales a lo largo de la vida”. Sería algo así como “un capital mental” que, cuanto mayor sea, más ayudará a compensar los efectos tanto del envejecimiento como de las alteraciones cerebrales causadas por el Alzheimer y otras patologías.
El ejemplo más llamativo de lo que se podría considerar una reserva cerebral prodigiosa es, probablemente, el caso de la hermana Bernadette, que participó en el famoso estudio de las monjas de Minnesota. Poseía una amplia formación académica y fue sometida de forma periódica a pruebas de memoria, pero nunca mostró síntomas de deterioro cognitivo. Sorprendentemente, tras fallecer por un ictus, su autopsia reveló lesiones cerebrales típicas de la enfermedad de Alzheimer. ¿Cómo era posible? La genética podría tener alguna implicación, pero todos los indicios apuntan hacia la gran reserva cognitiva que adquirió esta monja tras muchos años de estudio y trabajo intelectual.
El primer autor del estudio que se acaba de publicar en JAMA Neurology, Charles DeCarli, director del Centro de Investigación de la Enfermedad de Alzheimer en la Universidad de California en Davis, ha señalado que la genética “juega un papel importante en la determinación del tamaño del cerebro, pero nuestros hallazgos indican que influencias externas, como factores de salud, sociales, culturales y educativos, también pueden desempeñar un papel”.

Análisis del cerebro con resonancia magnética

Los investigadores utilizaron imágenes de resonancia magnética cerebral de los participantes en un estudio muy conocido entre la comunidad científica, el Framingham Heart Study (FHS), que se inició en 1948 en esta ciudad de Massachusetts (Estados Unidos) con el objetivo de analizar los rasgos característicos de las enfermedades cardiovasculares, sobre todo, pero también otras patologías. La cohorte original estaba formada por 5.209 hombres y mujeres de entre 30 y 62 años de edad. La investigación ha continuado durante 75 años y actualmente incluye a la segunda y tercera generación de participantes. 
Las resonancias magnéticas se realizaron entre 1999 y 2019 a personas nacidas entre los años 1930 y 1970. En concreto, mediante esta técnica de imagen se estudiaron los cerebros de 3.226 participantes (53% mujeres, 47% hombres) con una edad promedio de aproximadamente 57 años en el momento de la prueba.
El análisis comparativo de las resonancias de las personas nacidas en la década de los 30 del siglo XX y en la de los 70 reveló un aumento gradual en varias estructuras cerebrales. Por ejemplo, la medida del volumen intracraneal, que es indicativa del volumen cerebral, mostró aumentos constantes en cada década. El volumen promedio de quienes nacieron en la década de los 30 fue de 1.234 mililitros, frente a 1.321 en los nacidos en la década de 1970, lo que representa un 6,6% más de volumen. 
El área de superficie cortical (una medida de la superficie del cerebro) mostró un aumento aún mayor con el transcurso de los años. Los participantes nacidos en la década de 1970 tenían una superficie promedio de 2.104 centímetros cuadrados, frente a los 2.056 de los que nacieron en los años 30. En este caso, supone un aumento del 15%. 
Por otro lado, se observó que algunas estructuras cerebrales, como la sustancia (o materia) blanca, la sustancia gris y el hipocampo (región implicada en el aprendizaje y la memoria) también tenían un tamaño superior en los nacidos hacia finales del siglo pasado.

¿Un cerebro más grande protege contra la demencia?

Más de 55 millones de personas padecen demencia en el mundo actualmente, según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por lo tanto, se trata de una enfermedad con un gran impacto y así seguirá siendo a corto y medio plazo. No obstante, se aprecia una desaceleración. La incidencia de Alzheimer, es decir, el número de casos nuevos anuales, se está reduciendo a un ritmo de aproximadamente un 20% cada década desde 1970.   
Las razones de esta disminución no están claras y, de hecho, pueden estar actuando de forma simultánea diversos factores, como la mejora de la salud gracias a la adopción de hábitos más saludables (ejercicio físico, dieta, limitación o eliminación del alcohol, el tabaco y sustancias tóxicas…), así como el aumento de la reserva cognitiva, íntimamente vinculada al aumento del tamaño cerebral.
“Unas estructuras cerebrales más grandes, como las observadas en nuestro estudio, pueden reflejar un mejor desarrollo y salud del cerebro”, aprecia DeCarli. “Una estructura cerebral más grande supone una reserva cerebral más grande y puede amortiguar los efectos en la vejez de las enfermedades cerebrales relacionadas con la edad, como el Alzheimer y otras demencias”.

En todo caso, el estudio publicado en JAMA Neurology no aporta conclusiones definitivas sobre esta hipótesis, ya que su diseño no lo permite, pero sí indicios significativos.

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