29 mayo, 2024

Este pueblo esquivó (brevemente) la crisis de población gracias al COVID. Ahora lidia con otra crisis: la de vivienda

No llega a los 250 vecinos (oficiales) y es una localidad de montaña situada en la comarca del Breguedà, a casi dos horas en coche de Barcelona y algo menos de Andorra la Vella, pero Gósol deja probablemente uno de los ejemplos más contundentes de la España vacía, o vaciada, como se prefiera. Lo es por sus cifras y por los problemas que afrontan quienes viven allí, pero sobre todo por la tendencia que ha experimentado a lo largo de los últimos años. En su día la pandemia le sentó como un reconstituyente, atrayendo a familias deseosas de escapar de la ciudad, pero desde entonces su efecto parece haberse disuelto.

Hoy casi todo la gente que se instaló en Gósol entre 2020 y 2021 ha vuelto a hacer la maleta. En esta ocasión, eso sí, para marcharse del pueblo. Y una de las claves de esa tendencia es otra crisis igual de complicada: la de vivienda.

Gósol es una pequeña villa. Y un gran caso sobre el que reflexionar.

SOS Gósol. Tan preocupado llegó a estar Gósol por su supervivencia que a comienzos de 2015 lanzó un SOS público. Con carteles, llamamientos a los cuatro vientos e incluso intervenciones de su entonces alcalde, Lluís Campmajor, en los medios. La situación lo requería. Su colegio tenía solo seis alumnos y ante el temor de que la escolarización en el centro bajase a cinco estudiantes, lo que pondría en peligro su continuidad, decidió tomar medidas.

“Se buscan familias con niños de tres a 11 años interesadas en escolarizar a los menores en el CEIP Santa Margarida y residir en el mismo municipio”, proclamó la villa del Berguedà, que sumaba de aquella cerca de 220 habitantes, cifra que se había reducido con la crisis de comienzos de década. El llamamiento para captar nuevos vecinos no les fue mal del todo y en marzo había ya varias familias que habían mostrado sus planes de mudarse a la villa. Si todo iba según lo previsto, el colegio podría cerrar el curso con un número bastante más desahogado: una docena de alumnos.

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Y llegó la pandemia. Sorprendentemente, el auténtico bálsamo demográfico para Gósol sería otro, bien distinto. Ni apariciones en tele, ni carteles, ni declaraciones de su alcalde. Lo que ayudó a que su mermado censo remontase, años después, fue el inicio de la pandemia del COVID-19. Los confinamientos, cierres perimetrales, la crisis que sufrieron muchos negocios y la expansión del teletrabajo animó a no pocas familias instaladas hasta entonces en ciudades a hacer las maletas y trasladarse fuera de las grandes aglomeraciones. Ocurrió sobre todo en las áreas rurales próximas a las ciudades, donde las familias tenían segundas residencias o al menos lazos familiares y sociales, como reflejaba en 2022 un estudio publicado por la UAB y CED-CERCA.

Cataluña no fue una excepción. Y Gósol lo constató en sus propias carnes padrón. Su caso fue tan paradigmático que en 2021 The New York Times le dedicó un amplio reportaje. Según sus datos, la villa, una “población menguante de 140 almas”, había visto cómo llegan entre 20 y 30 personas. Esa inyección de vecinos reforzaba aún más su recuperación tras verse en 2015 con solo 120 residentes permanentes, si bien quedaba lejos aún de los 745que llegó a acoger en los 60. A día de hoy el Instituto Nacional de Estadística (INE) informa de que el padrón de la localidad suma 230 personas, al menos de forma oficial, pero incluso partiendo de esa base la llegada de 30 vecinos supondría un incremento considerable.


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¿Quién aterrizó en Gósol? El periódico neoyorquino no se limitaba a desgranar cifras. Su reportero, Nicholas Casey, relató la experiencia de algunas de las personas que en plena pandemia habían decidido hacer las maletas y mudarse a Gósol. Una de ellas era una mujer de 37 años que había visto cómo el bar que regentaba en un pueblo costero de Barcelona se hundía con la crisis. Otra, una diseñadora web que decidió mudarse con su marido e hijos a la villa, donde habían nacido sus abuelos, para teletrabajar desde allí. “Si no fuera por el COVID-19 la escuela habría cerrado”, reconocía al diario un cartero jubilado de la localidad.

Crece rápido, cae rápido. Aquel optimismo duraría poco. Lo reflejaba con claridad Regio 7 en otra crónica, esta publicada hace solo unos días, que muestra que tres años después y con la pandemia ya como un recuerdo lejano, la situación en Gósol vuelve a ser similar a la que afrontaba antes del COVID-19. Aunque la crisis sanitaria hizo que su censo repuntase un 10%, la realidad es que en 2024 aquel efecto se ha evaporado: de las alrededor de 30 personas que decidieron instalarse en el pueblo, atraídos por el entorno rural, sigue allí únicamente una familia. Queda la mujer que se hizo cargo de la tienda de la localidad, Gabriela Calvar, quien incluso se ha convertido en edil de Vivienda.

Que se haya desvanecido el efecto de la pandemia deja de nuevo a la escuela del pueblo en una situación delicada. No a corto plazo, ya que cuenta con 13 alumnos, incluyendo la guardería; pero sí cuando se piensa en clave de futuro. “Pinta negro y sin escuela los pueblos se mueren”, lamenta el alcalde, Rafael López. Durante la pandemia el centro alcanzó los 25 jóvenes escolarizados, pero desde entonces, confiesa su directora, ha ido sufriendo un lento goteo de bajas hasta quedarse en “números preocupantes”.


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Poca gente, precios altos. Si el de Gósol es un caso llamativo no es solo por su tendencia, sus giros y que en su día protagonizase un reportaje en The New York Times. Una de sus grandes peculiaridades es que la crisis demográfica que afronta la villa conecta de forma directa con otro de los retos que sacuden España: la crisis de vivienda. O dicho de otro modo, la compleja ecuación entre escasez de residencias y precios elevados. Regio 7 precisa que aunque el número de residentes permanentes no llega al centenar, la localidad catalana supera las 300 casas. Buena parte de ellas son segundas residencias o están enfocadas al turismo.

Semejante combinación hace que —aunque Gósol afronte graves problemas de población— al menos parte de sus vecinos sufran desafíos no muy distintos a los que se encuentran los de las grandes capitales a la hora de buscar hogar. Lo confiesa la propia Gabriela Calvar, quien reconoce que vive de alquiler y en breve le tocará renovar su contrato. “Creo que querrán hacer otro tipo de negocio y no van a renovarme”, comenta. A día de hoy ya paga 800 euros, y eso, subraya, en un municipio que carece de algunos servicios fundamentales. “El día de mañana no sé qué va a pasar. Terminará sin tiendas, sin nada, y será un pueblo fantasma”.

Lo que dicen los datos. El de Gósol es un caso interesante, pero no único ni desde luego en disonancia con lo que reflejan algunas cifras demográficas. El estudio divulgado en 2022 por la UAB y CED-CERCA mostraba por ejemplo que en 2020, el gran año de la pandemia, los movimientos hacia los municipios rurales se incrementó un 20,5%, mientras que las salidas cayeron un 12,6%. Su análisis también revelaba como grandes beneficiadas las localidades con menos de 10.000 habitantes próximas a las metrópolis más populosas. Otros informes constataron incluso que el 47% de los pueblos habían aumentado su padrón tras la pandemia, con un alza global de 133.400 personas con respecto a 2019.

El problema es que ese éxodo no siempre se consolida, como indica con claridad el caso de Gósol y sus cambios de población. A finales de 2022 Faro de Vigo hablaba por ejemplo de que la atracción de las áreas rurales de Galicia parecía haberse esfumado tras la crisis sanitaria del COVID-19, con 2.100 habitantes menos.

Imagen | Angela Llop (Flickr) 1 y 2

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