21 junio, 2024

A 40 años del disco con el que Charly sorteó la grieta generacional en el rock argentino



Foto: Archivo fotográfico de Télam.
La división conceptual entre la línea marcada por las formas convencionales que habían dado origen y marcado el carácter del rock argentino y los nuevos patrones estéticos, sonoros y visuales, que dictaba una nueva generación surgida en los tempranos ’80 como canal conductor del clima juvenil social de algarabía ante los inéditos aires de libertad, quedó definitivamente zanjada el 5 de noviembre de 1983 cuando Charly García, figura asociada a un pasado glorioso del movimiento, lanzaba Clics Modernos, su segundo disco solista.Es que tras siete años de silencio obligado por el terror de la sangrienta dictadura, comenzaba a explotar un nuevo paradigma que se había ido cultivando en los sótanos de Buenos Aires, marcado por una camada de jóvenes músicos para los cuales bailar ya no era sinónimo de liviandad intelectual, del mismo modo que la poética podía conjugar humor y sincretismo sin resignar profundidad.Allí se jugaba una especie de velado “parricidio artístico” con la generación seminal del rock argentino y toda una serie de usos y costumbres al respecto, nacidas al calor del hippismo, que exigían solemnidad en las líricas y el comportamiento escénico, complejidades armónicas, y hasta ciertos parámetros en el plano estético que renegaban de la atención excesiva en la ropa y los peinados.Aunque Charly, quien ya acumulaba en su currículum históricas bandas como Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán, siempre se desmarcaba de antiguos preceptos, lo cual le valían no pocas críticas -como cuando se lo tildaba de “cirquero” por bailar en el escenario-, con su nueva producción grabada en Nueva York, rompía finalmente el cerco entre la historia y las nuevas tendencias.El uso de una batería electrónica como gran protagonista rítmico, la inclusión de samplers, el planteo cosmopolita en lo sonoro y en lo visual era algo que diferenciaba al gran astro del rock argentino respecto a sus compañeros generacionales y lo ubicaba como una suerte de gurú ante los veinteañeros.Y aunque el músico ya había dado algunas señales en Yendo de la cama al living, del año anterior, esta nueva placa marcaba un cambio radical, empujada también por la combinación de éxitos que sonaban en las discotecas, como “Nos siguen pegando abajo” y “No me dejan salir”; con lúcidas reflexiones sobre el pasado reciente como en “Los dinosaurios” y “Plateado sobre plateado”; acuarelas sobre la modernidad en “No soy un extraño” y el “medio-pelo argento” como el caso de “Bancate ese defecto”.”Clics Modernos fue un pase-gol: el que lo entendía, conquistaba el territorio. Pero creo que lo que hacía Charly en aquel tiempo era dinamitar los techos y los prejuicios: se iba a grabar a Nueva York, se cortaba el pelo, usaba samplers antes que nadie, producía a Los Abuelos y a Los Twist, invitaba a tocar a Suéter en Ferro. Era inatajable. Charly decía ‘¿hay un techo? ¡Mirá como te lo vuelo a la mierda!’. Fue como el sello de aprobación para la renovación del rock”, analizó a pedido de Télam Sergio Marchi, autor de la biografía No digas nada.Para Gonzo Palacios, saxofonista de Los Twist e integrante de la banda formada por Charly para la presentación en vivo del disco, en realidad, la aprobación se dio en el sentido contrario.”Mi percepción es que fue a la inversa, que los músicos más jóvenes, que estábamos un poco talibanes por esas épocas, empezamos a aceptar a Charly como uno de los nuestros”, recordó al ser consultado por esta agencia.”Era la banda de sonido de la vuelta de la democracia, la felicidad de que se fueran los militares, la esperanza de un futuro, de progreso, de modernidad”Sergio Marchi
Sin embargo, destacó que “García ya había comenzado a cambiar la piel con Yendo de la cama al living. Fue un momento muy especial, el público se había expandido y estaba más al día que el establishment conformado por la prensa especializada, las discográficas y los próceres de la vieja guardia. En ese sentido, el tándem ‘Yendo-Clics’ ayudó a que muchos comenzaran a tomarse en serio los nuevos paradigmas estéticos de principios de los `80”, amplió.En tal sentido, Marchi hizo hincapié en el “rechazo que generó” la nueva producción de Charly, debido a que “el público rockero era fiel pero también muy conservador”, al punto que a “le pedían Sui Generis todo el tiempo”. Foto: Archivo fotográfico de Télam.
Así como Gonzo Palacios rememora haber reaccionado “con creciente admiración” al escuchar el disco por primera vez, frente a “primero, el sonido y la pulsión rítmica, luego las letras y esa maravillosa síntesis de modernidad y tradición, simpleza y complejidad”; la fascinación también alcanzó a un jovencísimo Fernando Samalea, quien adquirió la placa en un local de Primera Junta y quedó fascinado al posar la púa sobre el surco del vinilo, sin siquiera imaginar que apenas un par de años después iba a tocar esos temas en vivo al convertirse en baterista de Charly.”Quiso hacer un disco que incitara a bailar y cantar alegremente. Aún con su profundidad”Fernando Samalea
“Lo gasté durante días y días. Había teclados voladores, máquinas Roland 808, golpes brillantes del baterista norteamericano Casey Scheverrell, un ajustadísimo bajo de Pedro Aznar y hasta guitarras de Larry Carlton. No podíamos creerlo. Charly se había reinventado como nunca, mostrando la experiencia neoyorquina y la poética multirracial del Greenwich Village a quienes ni siquiera las veíamos por televisión. Nos quedamos en éxtasis, al ritmo de las palmas machacantes de ‘No soy un extraño'”, narró a Télam.Y añadió: “Fue emocionante enterarnos a través de la Revista Pelo de sus andanzas en el país del Norte. Descubríamos a un García ‘importado’ y bien distinto, inmerso en una atmósfera cosmopolita, con influencias africanas o tecno. Al parecer, en su estadía había participado de jams con músicos underground de allá, en el CBGB y otros clubes modernos. Además, se cortó el pelo a la moda de los nacientes `80, como una verdadera declaración de principios. Evidentemente, quiso hacer un disco que incitara a bailar y cantar alegremente. Aún con su profundidad”.Charly se había reinventado como nunca, mostrando la experiencia neoyorquina y la poética multirracial del Greenwich Village a quienes ni siquiera las veíamos por televisión. Nos quedamos en éxtasis”Fernando Samalea
Foto: Archivo fotográfico de Télam.

Del estudio al escenario

A pesar de ser un álbum diseñado en el estudio con samplers y máquinas de ritmos, que no fue grabado de manera orgánica; y de contar con algunas complejidades, como la polirritmia presente en “Nos siguen pegando abajo”; la tarea de llevarlo al vivo no resultó tan complicada, de acuerdo al testimonio de Gonzo Palacios.”Charly estaba musicalmente hiperlúcido en esas épocas, y precisamente porque él había grabado la mayor parte de los instrumentos del disco, que había previamente demeado en ocho canales en su casa, se sabía a la perfección cada nota del repertorio, y que función quería que cumpliese cada instrumento. Era un rompecabezas complejo pero tan bien elaborado que todas las piezas encajaban a la perfección con facilidad”, explicó el saxofonista.
Pero como se comentó antes, aunque Clics Modernos planteó un cambio radical, el astro del rock argentino había comenzado a insinuar este movimiento un año antes en Yendo de la cama al living, y lo sostuvo en Piano Bar, de 1984, a pesar de apostar por un sonido más orgánico, según analizó Samalea, quien al ingresar a su banda tuvo que afrontar un repertorio conformado por esta trilogía, acaso la más virtuosa en la historia del rock argentino. Foto: Archivo fotográfico de Télam.
“Había ciertas diferencias entre las rítmicas de Clics Modernos y el anterior Yendo de la cama al living o el predecesor Piano Bar, pero tampoco un abismo. Pienso que esa primera trilogía solista de Charly mantuvo a rajatabla el concepto ‘robótico’ y ‘metronométrico’ de los ’80, donde prevalecían la contundencia y el buen sonido al virtuosismo o los matices”, planteó el baterista.”En definitiva, creo que hubo un concepto rítmico acorde a los tres discos. Aunque la batería electrónica TR-808 fue mucho más preponderante en Clics modernos”, concluyó.Por todo este capital simbólico, los siempre caprichosos rankings suelen coincidir en ubicar a Clics Modernos en el podio de los mejores discos del rock argentino.Sergio Marchi intentó dimensionar su enorme valor proyectándolo en la realidad política, social y cultural de 1983: “Era la banda de sonido de la vuelta de la democracia, la felicidad de que se fueran los militares, la esperanza de un futuro, de progreso, de modernidad. Se extinguían los dinosaurios, pero guarda con los hombres de gris. Y a bancarse los defectos. También le abría la puerta a los homosexuales, que en esos años eran perseguidos. Dos tipos en un bar que se toman las manos y bailan un tango podía ser una fantasía, pero en Nueva York, donde él estuvo tres meses, era una realidad”.

Entretelones de un disco al que Charly siempre reconoció que “no le cambiaría nada”

“A ese disco no le cambiaría nada. Es una especie de demo pero hecho en Electric Lady y con Joe Blaney”, solía definir Charly García a Clics Modernos, como fenomenal síntesis de su proceso de producción.Es que la placa comenzó a gestarse en un loft del Village, en Nueva York, en donde el astro del rock argentino se alojaba con su entonces novia brasileña Zoca, y al que había equipado con instrumentos y un estudio portátil en donde fue dando forma a cada una de las canciones.Allí contó con dos aliados fundamentales para su trabajo: Pedro Aznar, su ex compañero en Serú Girán, en el plano musical; y la fotógrafa Ada Moreno, una vieja conocida desde los tiempos de Sui Generis, quien lo recibió en Manhattan y fue una especie de “chaperona” a la hora de actualizarlo en torno a la movida cultural en la Gran Manzana.Justamente, fue la propia Ada la responsable de la serie de fotografías en el sobre interno del disco en donde se veía al gran astro del rock argentino con modernos anteojos, pelo corto y cubierto de talco, una nariz ficticia armada con un cono de cartulina y metido en una bañera.Una vez que las canciones influidas por la movida musical neoyorkina tomaron forma, acompañado por el exmúsico y empresario Carlos “Pirín” Geniso, también residente en esa ciudad, fue a alquilar horas en Electric Lady, el mítico estudio creado por Jimi Hendrix.Según narró muchas veces el propio García, tocaron el timbre del lugar, cuando los atendieron casi sin abrirles la puerta, manifestó que quería alquilar el lugar y, con desdén, le preguntaron: “¿Acaso tu papá es rico o qué?”, a lo que el artista respondió sacudiendo un fajo de dólares: “¿Me lo alquilan o no?”.Ya sorteado ese obstáculo le ofrecieron un listado de posibles productores y el músico escogió al último que figuraba en la nómina, Joe Blaney, por contar entre sus trabajos con Sandinista, el disco de The Clash al que el propio Charly había hecho explícita referencia en el tema “No bombardeen Buenos Aires”, incluido en Yendo de la cama al living.Aunque quiso incluir en las sesiones al baterista que tocaba en la banda de Jan Hammer, ni bien comenzó el trabajo de estudio se dio cuenta que no cuajaba en el sonido que quería darle a sus nuevas canciones, por lo que lo suplantó por una batería electrónica TR-808.La mayoría de las canciones las grabó solo Charly, con la única ayuda de Pedro Aznar en el bajo, y la colaboración del baterista Casey Scheverrell y del guitarrista Larry Carlton en algunas canciones puntuales, así como el saxofonista Doug Norwine, en el tema “Nuevos trapos”.En su última visita a la Argentina en 2016, el propio Carlton recordó esa experiencia en una entrevista con Télam: “Tengo un agradable recuerdo de esa grabación con Charly Garcia en Nueva York. Él estuvo muy abierto y bien predispuesto a nuestras ideas musicales en la grabación. Charly es un músico muy talentoso y una persona muy agradable”.Así tomó forma esa placa que, con un sonido absolutamente moderno para los estándares del rock argentino, entre baterías electrónicas, samplers de la voz de James Brown, sonidos robóticos y polirritmias, presentaba una inédita combinación conceptual entre la cosmopolita Nueva York y el gen argentino.La síntesis de todo esto acaso podría sintetizarse en su icónica portada, una fotografía del protagonista tomada por Uberto Sagromoso en un paredón de la esquina de Walker Street y Cortlandt Alley, frente a un grafitti callejero creado por Richard Hambleton, que consistía en unas siluetas negras en tamaño real llamadas “Shadowman”, y una pintada que decía “Modern Clix” y que era el nombre de un ignoto grupo de new wave.Aunque en principio la placa iba a llamarse “Nuevos trapos”, como una de las canciones, Charly quedó impactado cuando al regresar a Buenos Aires se encontró con las siluetas blancas que representaban a los desaparecidos durante la dictadura, propagados por toda la ciudad por los familiares que reclamaban por sus paraderos.El enorme paralelo entre las figuras negras esparcidas en Nueva York y este reclamo en Buenos Aires lo impulsó a utilizar esa fotografía como portada y a renombrar su disco de acuerdo a la pintada que podía verse allí.Clics Modernos fue lanzado el 5 de noviembre de 1983, menos de una semana después del día en que los argentinos volvieron a las urnas, y fue presentado en vivo en el Luna Park el 18 de diciembre, una semana después de la asunción de Raúl Alfonsín, junto a una banda conformada por GIT (el guitarrista Pablo Guyot, el baterista Willy Iturri y el bajista Alfredo Toth), Fito Páez, Fabiana Cantilo, Daniel Melingo y Gonzo Palacios. Todo un símbolo de época.

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