28 mayo, 2024

‘Con el clown hacemos un primer plano a eso que no se muestra’


“En el clown el material siempre es propio y de algún modo biográfico” / Foto: Florencia Downes.

La payasa Marina Barbera, referente del clown teatral en Argentina actualmente residente en Lago Puelo, está presentando en Buenos Aires “Llegar a una fiesta”, su último trabajo, que comenzó a armar en Buenos Aires y finalizó en pandemia en el Sur.La obra, que se podrá ver este viernes 11 a las 20.30 en No Avestruz (Humboldt 1857) viene de haberse presentado en Lago Puelo, Trelew, el Festival Internacional de Clown Rojo, en Menorca y Barcelona (España) y en septiembre próximo viajará a Lima.Autora e intérprete de trabajos como “Parece ser que me fui” y “Seis”, Barbera fue también integrante de los míticos Papota, acaso el segundo grupo que referenció el clown argentino luego del Clú del Claun, y que integró con Darío Levín, Lila Monti y Erica Ynoub, entre otros, marcados todos por la impronta de la formación actoral.”Una vez, me dolieron tantas cosas, que me metí en el centro de la tierra. Afuera rugía un viento desatado, así que fue mejor volverme un gran envoltorio, descansar y aprender el lenguaje de los bichos y las plantas. Yo sabía de todos modos, que en algún momento, en alguna parte polar del mundo, volvería a la fiesta”, reza el texto de Barbera que de alguna manera anuncia el recorrido de una comedia existencial que inició a partir de la correspondencia de amor entre su abuelo y su abuela y que tiene claras referencias a su estancia en el sur argentino y a la situación de pandemia. “Hay algo que pasó en pandemia con tanto movimiento que hubo, cierta sensación como de destierro que provoca cierto miedo” / Foto: Florencia Downes.

– ¿Cómo fue la construcción de este trabajo con el que empezas a rodar otra vez con tu payasa Martita Saldutti?

– Empecé a trabajar con ese gran papel que se ve en el escenario, quería jugar con ese material y explorar mi relación de movimiento con él. El papel llegó porque heredé cartas de mis abuelos cuando eran novios, que tuvieron una relación secreta durante bastante tiempo y que alimentaban por correspondencia viviendo en la misma casa; entonces tomé eso: el color del papel, los relatos, una historia de amor que tiene que ver conmigo. Tomé el papel y me dije: “Qué pasa si esto es como una gran carta, una especie de alfombra de papel y meto a la payasa ahí a jugar con eso”. Estuve mucho tiempo trabajando así con dos amigos, Hernán Carboni y Magdalena Ciucci, que me miraban y veíamos formas, era un juego de desplazamientos, de aparecer-desaparecer, del sonido del papel quebrándose y ahí llegó la pandemia y todo se detuvo en ese lugar.- Con la pandemia te mudas al Sur.

– Sí, me llevé el papel allá y más o menos después de un año y medio quise retomar el trabajo y conocí a Andrea Vegazzi, que es bailarina y coreógrafa, que es de San Martin de los Andes y yo necesitaba entrar en un proceso creativo con alguien que se dedicara más al movimiento porque la búsqueda vino más desde ahí, un cuerpo sin palabra y esto que no sabía si era una persona o un animal o un bicho del bosque que estaba ahí adentro. Trabajamos así, con una libertad absoluta en la improvisación, sin tanta cosa emocional, entonces apareció este personaje, un ser medio fantástico.- ¿Y la fiesta?

– Andrea me acompañó a empezar a construir un relato que empezó a completarse cuando yo un día llevé unos zapatos turquesas. En medio de esta improvisación con este personaje con barba un día llevo estos zapatos por el impacto del color y que me quedaban grandes y quería jugar y ver qué le pasaba a este personaje con esos zapatos y entonces ahí Andrea me dijo: “Apareció una mujer”, y yo dije “no, si estamos en una cueva” y ahí apareció la imagen de la fiesta y se fue hilando cómo sería este ser entrando a una fiesta, cómo haría para adaptarse a una situación social después de estar tanto tiempo en otro mundo, en un mundo como encerrado pero a la vez protegido con esa sensación de “quiero salir pero a la vez afuera es un desastre, mejor me quedo adentro”, sensaciones que tienen que ver con el momento pandémico también.
– Es un material que parece contener mucha biografía propia.

– En el clown el material siempre es propio y de algún modo biográfico, solo que en la medida en que uno va haciendo funciones y profundizando en el relato empieza un tránsito emocional donde lo que era autobiográfico empieza a volverse más universal; yo siento con esta obra, como que todo es aún muy cercano, que todavía estoy transitando historias personales, pero cada vez menos, cada vez más es como que una entra en ese universo de juego.- Al llegar a la fiesta hay cierta incomodidad para la payasa.

– Me interesó ahondar en esa sensación de que aunque uno está no pertenece a la comunidad, esta cosa de hablar el mismo idioma y sentirte extranjero, esa sensación rara. Hay algo que pasó en pandemia con tanto movimiento que hubo, de personas que se mudaron o que quedaron varadas en sitios que no eran propios, cierta sensación como de destierro que provoca cierto miedo, esta cuestión de no reconocerse, no pertenecer a una comunidad.- Hablabas de este pasaje que se va produciendo con el material de algo biográfico a algo más teatral.

– Hay que tenerle paciencia a ese pasaje, hay que armar un equipo creativo sensible con esa contención de que uno está habilitando zonas que por ahí tienen que ver con dolores, con cosas con las que nos quedamos heridos. Te ayuda tener un faro y saber que tenés la decisión de trabajar sobre el lenguaje porque ahí aparece, de un lado, la lógica poética existencial del clown, y, por el otro, el humor, que son recursos que sé que me van a acompañar a transformar el material, pero cuando empiezo duele o hay algo incómodo. “Para mí la fragilidad es la base del trabajo del payaso” / Foto: Florencia Downes.
– ¿Y cómo se dio este tránsito en “Llegar a una fiesta”?

– En este caso se dio que tanto con Andrea Vegazzi, que es la codirectora de la obra, y con Nuria Villalta, que es escritora y se unió más tarde en el proceso creativo de la obra, encontramos mucha afinidad en los procesos internos de las etapas de la vida, porque en un momento uno empieza a blanquear temas e incomodidades y entonces ahí pueden empezar a plantearse las escenas que facilitan ese tránsito. Después es la repetición del ensayo, repetís una y mil veces el mismo conflicto y la misma redundancia de la repetición empieza a generar la gracia, empieza a ubicarnos en lugares de distancia, al principio te puede doler pero a la quinta vez ya es “¿qué podemos hacer con esto?” en un plan que va decididamente a transformarse en juego. Lo complicado es que eso no se puede forzar, hay un tiempo en eso, y después empieza a pasar, no sabemos muy bien cuándo, uno empieza a tomar distancia y el territorio del juego es cada vez más grande.- Y la payasa va sola a la fiesta.

– Apareció esta idea de la fortaleza de ir solo o ir sola a una fiesta, porque si uno va en grupo, si la fiesta es incómoda, la pasás bien igual, pero cuando vas solo o sola, es distinto, ahí me encontré en el juego de la dificultad de socializar, cómo es acercarse, más a una determinada edad y donde todo funciona por redes sociales y aplicaciones, cómo se da ese intento de encuentro que siempre es torpe, porque aunque se encuentren las palabras hay algo con un otro que tarda en encajar, entonces un poco era tratar de validar ese momento desprolijo del encuentro y subir el volumen, porque con el clown es interesante eso, hacer un primer plano a eso que no se muestra, en este caso, la gran inseguridad del encuentro.- Siempre está muy presente la fragilidad en el payaso.

– Para mí es la base del trabajo, es la fragilidad en esta sensación de que yo estoy en la fragilidad y vos como público también estás en la fragilidad, un poco como que estamos viéndonos ahí.

Fuente: Telam.

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