29 mayo, 2024

Hígado graso: cómo detectar a tiempo la patología hepática más frecuente


El hígado graso no alcohólico es una enfermedad silenciosa que generalmente se detecta cuando está bastante avanzada. ¿Eso significa que no hay nada que hacer? En absoluto. Es difícil de diagnosticar, pero no indetectable, y cuando se descubre a tiempo se pueden revertir sus efectos o, al menos, detener su avance. Pero para ello hay que conocerla.
Lo primero que hay que saber es que se trata de la enfermedad del hígado más frecuente en el mundo, ya que afecta a 1 de cada 3 adultos y al 10% de la población infantil, aunque la mayoría de los afectados lo desconocen. Su nombre oficial ya no es hígado graso no alcohólico, sino esteatosis hepática metabólica. “Hemos hecho este cambio para enfatizar la disfunción metabólica”, según explicó Jeffrey Lazarus, jefe del grupo de Investigación de Sistemas de Salud en el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), en el debate Hígado graso: una enfermedad infradiagnosticada que afecta a más de un tercio de la población, organizado por CaixaResearch. “Esto nos ayudará a fomentar la colaboración de endocrinólogos y médicos de primaria para abordar este problema que constituye una gran amenaza para la salud pública”.

Por qué es tan importante la detección precoz

Esta enfermedad está íntimamente ligada a la obesidad y la diabetes. De hecho, en la mayor parte de los casos se puede decir que tiene su origen en el exceso de grasa abdominal de las personas obesas, que también se acumula en el hígado.
Pero el hígado “no es el lugar adecuado para la acumulación de grasa”, según aseveró en debate Antonio Zorzano, director del laboratorio de Enfermedades Metabólicas Complejas y Mitocondrias del Instituto de Investigación Biomédica (IRB Barcelona). “Y esto conduce a un aumento de la inflamación hepática”. El proceso de la enfermedad se puede resumir de la siguiente manera:
Una fase en la que solo hay acumulación de grasa.
Una fase en la que solo hay acumulación de grasa en el hígado, que se denomina esteatosis hepática.
 
A la acumulación de grasa se añade la aparición de inflamación. Es lo que se llama esteatohepatitis.
 
Con el paso del tiempo, se produce un daño adicional en la estructura del hígado, que se traduce en lo que se conoce como fibrosis. 
 
La fibrosis progresa a cirrosis, que puede conducir a la aparición de cáncer hepático.
Es un proceso lento en el que el hígado se va deteriorando progresivamente. En las primeras etapas es posible frenar (y a veces revertir) el deterioro, pero en las últimas ya solo caben soluciones de rescate, como el trasplante de hígado.

¿Síntomas de alerta del hígado graso?

El gran obstáculo para la detección precoz del hígado graso es que durante las etapas iniciales, que pueden durar décadas, “no necesariamente se producen síntomas externos”, indicó Zorzano. “Es una enfermedad que en sus primeras fases es silente”.
“Algunas personas pueden tener sensación de mayor cansancio, de fatiga y muy poca cosa más”, agregó el experto. “Cuando ya no estamos hablando de esteatosis o de esteatohepatitis, sino de fibrosis y cirrosis, sí que puede haber mayores alteraciones, pero en las fases iniciales no”, insistió.
“Esta enfermedad se conoce como la asesina silenciosa”, resaltó David Martínez Selva,  investigador principal del grupo de Diabetes y Metabolismo del Vall d’Hebron Instituto de Investigación (VHIR). “Su progresión es muy gradual y la mayoría de pacientes no notan síntomas en las primeras fases y por eso no son conscientes de que la padecen”.

Personas en las que se debe ‘buscar’ el hígado graso

Por lo tanto, prestar atención a posibles signos de alerta no es una estrategia demasiado útil de cara a la detección precoz de esta enfermedad. Lo que hay que hacer es buscarla en aquellas personas que tienen un riesgo elevado de padecerla, que son fundamentalmente quienes tienen obesidad y diabetes tipo 2.  
En resumen, los principales factores de riesgo del hígado graso no alcohólico son los siguientes:
La búsqueda del hígado graso mediante distintas pruebas diagnósticas debe centrarse en las personas con estos factores.

Herramientas para la detección precoz

La única forma de diagnosticar de forma certera esta patología es la realización de una biopsia hepática, pero se procura evitar esta técnica porque es muy invasiva. Por suerte, cada vez existen más herramientas que, aunque no ofrecen un 100% de seguridad, proporcionan un diagnóstico aproximado. El uso de varias de ellas puede aumentar la fiabilidad.
“Durante los últimos años se han desarrollado diferentes técnicas para intentar realizar un diagnóstico de esta enfermedad”, confirmó Martínez. Son métodos “basados en la imagen y también se están desarrollando biomarcadores”.
Un simple análisis de sangre no sirve para diagnosticar el hígado graso, pero sí puede proporcionar pistas muy relevantes. “Si los niveles de aminotransferasas (transaminasas) están elevados, esto nos está indicando que tal vez hay una alteración en la función hepática, lo que requiere un mayor análisis”.
Otros parámetros fáciles de medir a partir de los cuales se puede ir afinando el diagnóstico con métodos más específicos son los niveles de triglicéridos circulantes, los niveles de colesterol HDL, la concentración de glucosa, la presión arterial y el índice de masa corporal (IMC).
“Clínicamente, el enfoque está hoy en el diagnóstico no invasivo. Una de las herramientas más habituales es el índice FIB-4, que mide la actividad de ALT y AST (dos tipos de enzimas presentes en el hígado), y el recuento de las plaquetas. Eso ayuda a rebajar el número de personas que hay que diagnosticar después con biomarcadores sanguíneos o mediante la elastografía de transición, una prueba de diagnóstico por imagen”, expuso Lazarus.

Prevención y tratamiento del hígado graso

Las medidas para prevenir la aparición del hígado graso o evitar su progresión cuando se encuentra en una fase muy incipiente son muy similares a las que sirven para contener la enfermedad cardiovascular: un estilo de vida saludable basado en un patrón de alimentación sana (como la dieta mediterránea), con especial hincapié en reducir al máximo la ingesta de azúcar y grasas saturadas; y la práctica de ejercicio físico de forma habitual. Estas pautas también son indispensables en las fases más avanzadas para evitar un deterioro más grave y rápido del hígado.
Una vez que la enfermedad ha progresado, el tratamiento es más complejo. “No hay terapias farmacológicas específicamente aprobadas para esteatohepatitis”, precisó Martínez. No obstante, es posible que el panorama cambie próximamente porque se están investigando algunos medicamentos muy prometedores. “Eso no quiere decir que no haya nada que podamos hacer”, aclaró el experto. Por ejemplo, “hay medicamentos para la diabetes que ayudan, aunque no están específicamente diseñados para hígado graso”.
En todo caso, una vez que se alcanza la fase de cirrosis, el margen de actuación es prácticamente nulo.

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