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qué dicen la ONU, los ginecólogos y las matronas

Parto

Cuando se habla de violencia obstétrica, la polémica está servida. Maltrato físico o psicológico, falta de información, episiotomías, alta tasa de cesáreas… Todo el mundo tiene claro que deben respetarse los derechos de la mujer antes, durante y después del parto parto. La cuestión es, ¿cuáles son y hasta dónde llegan?

Actualizado a: Sábado, 20 Enero, 2024 00:00:00 CET

Se suele considerar violencia obstétrica no proporcionar suficiente información a las pacientes y abusar de las prácticas intervencionistas, como las cesáreas o las epsiotomías.

“Muchas mujeres en todo el mundo sufren un trato irrespetuoso, ofensivo o negligente durante el parto en centros de salud”, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Un estudio dirigido por este organismo y publicado en 2019 en la revista The Lancet refleja una situación demoledora en cuatro de los países más pobres: Ghana, Guinea, Myanmar y Nigeria. Más de 830 de las 2.016 mujeres que fueron estudiadas durante el parto  -es decir, el 42%-  padecieron maltrato físico o verbal, estigmatización o discriminación. El 14% sufrió maltratos físicos, por lo general bofetadas, golpes o puñetazos. También se registraron tasas elevadas de cesáreas, episiotomías (cortes quirúrgicos realizados en la abertura de la vagina durante el parto) y exámenes vaginales no consentidos.

Bajo la denominación de violencia obstétrica se recogen prácticas de muy diversa índole -desde el maltrato físico hasta un alto índice de cesáreas-, que hacen que sea difícil acotar su verdadero alcance y se enmarañe el debate. Pero lo cierto es que las entidades internacionales se acogen a la definición más amplia. La violencia obstétrica se suele definir como una forma específica de violencia contra las mujeres que viola sus derechos. Realizada por los profesionales de la salud relacionados con la atención obstétrica -ginecólogos y matronas, fundamentalmente-, se plasma en una asistencia deshumanizada, la falta de información a las pacientes, un trato demasiado paternalista o que infantiliza a la mujer, abuso de acciones intervencionistas, una excesiva medicalización…

Según la OMS, estas actitudes suponen “una violación de la confianza entre las mujeres y los profesionales de la salud que las atienden, y también pueden ser un importante factor de desmotivación para las mujeres que buscan asistencia materna”. Además, hay que tener en cuenta que “son especialmente vulnerables durante el parto”.

Violencia obstétrica en España

Todo lo anterior se refiere a la violencia obstétrica considerada de forma global, en todos los países del planeta. ¿Qué sucede en España? Es evidente que la violencia contra la mujer, en términos generales en todos los ámbitos de la vida, no es equiparable a la que se produce en naciones africanas, como Nigeria, o de Latinoamérica, como puede ser México, por citar solo dos ejemplos. Aun así, en los últimos años el Comité para la Eliminación de la Violencia contra La Mujer de la ONU ha denunciado varios casos concretos de violencia obstétrica en nuestro país. Por ejemplo, una mujer sometida a una cesárea sin justificación médica en San Sebastián y otra cesárea practicada en Sevilla porque los paritorios estaban saturados. El comité de la ONU ha solicitado que España “respete la autonomía y la capacidad de las mujeres para permitirles tomar decisiones informadas sobre su salud reproductiva, brindándoles información completa en cada etapa del parto y exigiendo que se obtenga su consentimiento libre, previo e informado para cualquier tratamiento invasivo durante la atención del parto”.

Qué opinan los ginecólogos y obstetras sobre la violencia obstétrica

En declaraciones a CuídatePlus, Pere Brescó, presidente de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), ha recordado que esta entidad científica “celebró hace un tiempo una asamblea general para discutir sobre la violencia obstétrica porque a ningún ginecólogo le gusta el término”. Al fin y al cabo, argumenta, “violencia significa hacer daño de forma voluntaria”, mientras que lo que hacen los ginecólogos y obstetras es “aprender, promover la humanización y estamos totalmente de acuerdo en todo aquello que vaya destinado a hacer las cosas lo mejor posible para el cuidado de las pacientes”. La motivación está clara, según expone: “Es nuestra vida, nuestra forma de vivir, y no es solamente un trabajo; es una dedicación”.

En un comunicado emitido en 2021, la SEGO adujo lo siguiente: “Como queda establecido de forma explícita en nuestras guías y consensos, rechazamos la normalización de prácticas como las cesáreas o las episiotomías. Debemos subrayar, no obstante, que en la actualidad no existe un empleo institucionalizado de esas prácticas. Muy al contrario, están en claro descenso en nuestros hospitales, se dan ya en menos del 30% de los partos y en la mayoría de los casos en los que se producen su uso está justificado por la evidencia científica: es decir, la práctica profesional inadecuada sería no recurrir a ellas”. 

En palabras de Brescó, “a veces se quiere dar la impresión de que, cuando el médico utiliza un fórceps o hace una cesárea es como si quisiera hacer daño a alguien”. Cuando, en realidad, “si utilizamos estos medios es con el objetivo básico de procurar la salud de la mujer y su hijo”.

En todo caso, el ginecólogo reconoce que “hay que mejorar la comunicación con las pacientes”, a las que se les debe explicar de forma completa y comprensible todo lo relacionado con el proceso del nacimiento.

Esto es lo que dicen las matronas

La información -y, muy especialmente, el consentimiento informado- a las mujeres es, en opinión de Isabel Castelló, vicepresidenta de la Asociación Española de Matronas, una de las grandes asignaturas de la atención al nacimiento en España. Esta profesional cree que lo que “rechina” a muchos ginecólogos, obstetras y matronas es la intencionalidad implícita en el significado de la palabra violencia. “Quizás el término está mal empleado en cuanto que no se trata de  algo intencional porque ningún profesional quiere hacer daño a propósito a una mujer”.

Sin embargo, apunta que en muchas ocasiones existe un abuso de poder porque la relación entre la embarazada y el profesional sanitario no es de igual a igual, máxime en un momento en el que, como ya se ha comentado, la mujer presenta una mayor vulnerabilidad. “Muchas veces, con la excusa de ‘aquí el que sabe soy yo, que para eso soy el profesional’, se llevan a cabo determinadas prácticas que vulneran los derechos que tiene la madre”.

Ante cualquier acto sanitario, los pacientes tienen derecho a que se les informe de forma oral de todos los procedimientos a los que se le va a someter. Cuando se trata de una técnica cruenta, como puede ser una cesárea o la aplicación de anestesia epidural, hay que informar también por escrito. Es lo que se conoce como consentimiento informado, que es uno de los derechos que recoge la ley 41/2002, de Derecho de Información y Autonomía del Paciente.

De acuerdo con dicha ley, “determinadas decisiones deben de tomarse consensuadamente”, precisa Castelló, quien añade que es “una cuestión de principios éticos; estamos hablando de autonomía, justicia, beneficencia y no maleficencia”. Cuando se hurta a un paciente -en este caso, a una mujer- la información adecuada para decidir cómo quiere que se le atienda, se están vulnerando sus derechos.

La principal excepción a esa necesidad de consenso entre médico y paciente durante el parto que contempla la ley es que exista un peligro inminente para la vida de la madre y la de su hijo. En esos casos puede estar justificada una cesárea, una episiotomía o el uso de ciertos instrumentos médicos, como los fórceps. Pero incluso en los momentos de urgencia “se pueden dedicar dos minutos -mientras la estás trasladando o estás haciendo la preparación para el quirófano- para informarle de lo que está ocurriendo”.

Derechos… y también obligaciones

“Lo que no puede ser es que tratemos el cuerpo de una mujer, embarazada o no, como si fuera un objeto o un sujeto pasivo que no tiene nada que decir ni nada que opinar”, señala la matrona.

Por eso mismo, la mujer no solo tiene derechos durante el nacimiento, sino también obligaciones. “Cuando toma decisiones, se tiene que responsabilizar de ellas”. Así, por ejemplo, si expresa su deseo de que no quiere que le hagan una episiotomía bajo ningún concepto, el profesional le tiene que informar en un lenguaje comprensible de los posibles riesgos y ella, asumirlos”.

Castelló proporciona las siguientes tres pautas para conseguir una adecuada atención durante el parto y el nacimiento:

Informarse de las prácticas y los recursos disponibles en el hospital en el que va a parir. 
 
La futura madre tiene la obligación de informarse antes del parto; no esperar a que las cosas ocurran. Asimismo, debe informar a los profesionales que la atienden antes, durante y después del nacimiento de su hijo de todo aquello relacionado con su proceso.
 
La mejor forma de asegurarse de que sus preferencias van a ser respetadas en la medida de lo posible es cumplimentar el denominado plan de parto y hacerlo llegar a los profesionales que la van a atender. En este documento se consignan sus deseos en cuanto al proceso de dilatación, el tipo de analgesia que prefiere, el postparto, etc. “Es importante rellenarlo con antelación, antes de encontrarse en una situación de máxima vulnerabilidad”, resalta la vicepresidenta de la Asociación Española de Matronas.

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